4. ¿ADÓNDE HAN IDO TODOS LOS CRIMINALES?
En el estudio de Levitt acerca del aborto, publicado en
2001, él y su coautor, John Donohue, advirtieron de que sus
hallazgos «no debían ser malinterpretados, ya fuese como una
aprobación del aborto o como una llamada a la intervención
del Estado en las decisiones de la fertilidad de la mujer». Incluso
sugirieron que se podía poner freno al crimen fácilmente «proporcionando mejores ambientes para aquellos niños
expuestos al mayor riesgo para el crimen en el futuro».
En cualquier caso, la sola mención del tema conseguía
ofender prácticamente a todo el mundo. A los conservadores
les enfurecía que pudiera considerarse el aborto como una
herramienta en la lucha contra el crimen. A los liberales les
horrorizaba que esas mujeres negras y pobres se viesen señaladas
con el dedo. Los economistas se quejaban de que la
metodología de Levitt no era sólida. Mientras los medios de
comunicación se cebaban en una historia de crimen y aborto,
los ataques contra Levitt se hicieron directos. Conservadores
y liberales por igual que lo tachaban de ideólogo, defensor
de la eugenesia, racista y demonio redomado.
En realidad, no parece que sea nada de todo eso. Tiene
poca idea de política e incluso menos de moralizar. Es genial,
sencillo e imperturbable, seguro de sí mismo pero para nada
soberbio. Habla con un ceceo considerable. Su aspecto encaja
con el de un empollón: camisa de cuadros, pantalones caquis
sin nada de particular, cinturón trenzado y cómodos zapatos
marrones. Su calendario de bolsillo lleva impreso el logo de
la Oficina Nacional de Investigación Científica. «Me gustaría
que se cortase el pelo más de tres veces al año —dice su
mujer, Jeannette—, y que ya no llevase las gafas que compró hace quince años, cuando ya estaban pasadas de moda.» En
el instituto jugaba bien al golf, pero se ha atrofiado tanto físicamente
que se llama a sí mismo «el ser humano vivo más
débil» y en casa le pide a Jeannette que abra los tarros.
En otras palabras, no hay nada en su aspecto o actitud que
sugiera un lanzallamas.
The New York Times Magazine, 3 de agosto de 2003
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